Aquel invierno se presentaba crudo. Hacía un frío del demonio y las calles aparecían desiertas. Entre el frío, y lo revuelto del ambiente, a nadie se le ocurría salir, nada más que para lo imprescindible. Menos mal que doña Rosa, mal que bien, a todos nos acogía bajo su techo. Incluso a sabiendas de que más de alguno, jamás podría pagarle ni siquiera el chusco o la leche del desayuno.
– Vamos, maldita sea mi estampa, pero es que entre todos nadie va a abrir, ¿o qué?… ¿estáis sordos?… ¿es que además me tenéis de criada?…- Gritaba doña Rosa mientras el timbre de la puerta sonaba entrecortado-.
En el salón, al abrigo del brasero, todos nos miramos como si nunca nos hubiéramos visto, mientras el estruendo del timbre y las voces de doña Rosa atronaban en el pasillo.
Doña Laura, la marquesa, seguía absorta en su labor. Lo de marquesa… nadie sabía muy bien por qué, pero a sus bien entrados sesenta y tantos, ni se le conocía marqués ni marquesado.
Don Agapito…, el catedrales le llamaban, acostumbraba a sentarse a la puerta de las iglesias a ver si su cojera despertaba la caridad de algún buen corazón. El pobre llevaba toda su vida buscando trabajo. El caso es, que cuando la oportunidad asomaba por un lado, el corría, cojo y todo, por el otro.
También, nos acompañaba casi todas las tardes, Don Sebastián, el administrador. Casado con doña Rosa, presumía de administrar el negocio y organizar la pensión. Aunque en realidad lo único que administraba desde la mañana hasta la noche eran las botellas de anisado del aparador.
– ¡Ya va! … -dije, mientras me levantaba despacio.
Eran tiempos de incertidumbre y uno nunca sabe, así es que miré por la mirilla. La señora Lucía, la vecina de enfrente y sus setenta y siete primaveras, aguardaban pacientemente al otro lado de la puerta.
– Buenas tardes, tenga usté, señora Lucía, por decir algo…
– ¡Ay!, si hijo mío, Antoñito, que frío que está haciendo, llevo todo el día helada, y mis huesos ya no están para estos trotes…
– Pase, pase, y caliéntese, estamos en el salón…
– Gracias, Antoñito…traigo esta bolsa de tortas finas…que me las ha bendecido está mañana don José, en la parroquia de San Blas…
– Que bien, deje que ahora las pongo en una bandeja.
En las frías tardes al calor del brasero bajo la mesa camilla del salón, eran ya tradicionales las tertulias en la pensión de Doña Rosa.
– Muy buenas señora Lucía- saludó la dueña a la recién llegada, mientras depositaba sobre la mesa la botellita de chinchón, y unas cuantas copas que se recibieron con alegría por la concurrencia.
Don Sebastián, al oír el tintineo del cristal, despertó como por arte de magia de su duermevela…
– Rosita, guapa hija, ponme una copita de eso, es que llevo todo el día que no hay forma de entrar calor…- solicitaba, al tiempo que alargaba la mano para coger una torta fina.
– ¿Una copita…? – repitió doña Rosa malhumorada – pero si es que tú con la botella no tienes bastante… anda calla y sigue durmiendo, al menos no molestas, bastante la vergüenza que tengo que pasar de que te vean así…
– Repórtese doña Rosa y no dé usté importancia, que aquí nos conocemos todos, no hay vergüenza que valga. ¿Qué mal hace D. Sebastián, si toma unas copitas con este frío? Si es que no apetece otra cosa mujer…
– Acabáramos, salimos de Guatemala para ir a Guatepeor, calle usté también D. Agapito, que son los dos de la misma calaña, menos copitas y más traer algún sustento a esta santa casa, que de eso ni el uno ni el otro…
Cuando Doña Rosa se alteraba de ese modo yo tenía por costumbre terciar conciliador antes de que la sangre llegara al río.
– Pues esta mañana me ha contado un compañero que ayer hubo dos muertos en Luchana…– comenté.
– Sí, eso hablaban también en el bar de abajo. – apuntó Agapito -. Por lo visto un grupo de falangistas y unos obreros del ferrocarril. Algún señorito de la falange se puso nervioso, y en la refriega sacó la pistola.
– No sé dónde vamos a llegar, cualquier rato se va a armar la de San Quintín…- dijo Doña Laura.
– Rosita, hija ponme un sorbo mujer….- insistía D. Sebastián-
– ¡Que te calles!, y hazte a un lado que me pueda sentar – replicaba la dueña-.
Sebastián resignado inclinaba la cabeza hacia atrás, al tiempo que se apartaba para dejar espacio a su enorme y santa esposa.
– Coja una tortita Doña Rosa, que están bendecidas…
– Pues sí, diga usté que sí, que luego se humedecen y pierden la gracia…Anda, Antonio, levántate y enciende la radio del aparador, no sea que haya pasado algo más
Solícito, acudí al requerimiento de Doña Rosa que para mí era como una segunda madre. Recuerdo que llegué del pueblo, y aparecí en su casa a las tantas de la noche con mi maleta y las señas de su pensión escritas en un papel que me escribió Don Camilo, el párroco del pueblo.
– Pero de donde sales tú a estas horas, rapaz – me dijo –
A los veinte minutos de mi llegada, ya había cenado, me había aseado y dormía en una habitación, prácticamente sin decir ni esta boca es mía. Cansado, después de haber andado medio Madrid, me pareció haber llegado al cielo y que un ángel se me había aparecido con algunos kilos de más y un mandil mugriento a la cintura.
Conecté el aparato que chisporroteaba, gruñía y crujía durante un par de minutos como de costumbre.
– Dichosos aparatos del demonio –maldecía Doña Rosa-
El locutor comentaba los últimos acontecimientos, y se incorporaba sin saberlo a la tertulia de Casa Rosa:
-“…la Huelga General proclamada en la medianoche de ayer por algunos de los principales sindicatos de trabajadores, cuyas fuentes han augurado un alto índice de participación en todos los sectores. Se han producido incidentes protagonizados por grupos de huelguistas armados, que han iniciado el asalto de la Presidencia del Gobierno. Tras más de dos horas de disparos, el asalto ha sido rechazado por las fuerzas del Gobierno de la República y varios de los asaltantes han sido arrestados….”
Tras un breve silencio, el aparato comenzó de nuevo con los crujidos y chisporroteos.
– ¡Vaya que le pasa ahora a esto! –casi gritó Doña Rosa, al tiempo que se incorporaba y zarandeaba el aparato mientras le daba golpes con la palma de la mano, sin conseguir más que una nueva remesa de zumbidos y pitidos
– ¡Maldita sea mi estampa!- terminó diciendo.
– ¡Sebastián! Mañana mismo te llevas este engendro a tu amigo el que te lo vendió, y que se lo coma con patatas…
– Pero, ¿han oído ustedes? – dijo Don Agapito- No, si yo, ya lo decía, la que se va a liar es manca…
– ¡Por Dios! No sea usted agorero. Pues ya han dicho que ha terminado la cosa ¿no? –dijo doña Laura-
– Me temo Sra. Marquesa… -dijo D. Sebastián con tono de chufla- que esto acaba de empezar.
– Bueno, bueno, tú qué vas a saber. Anda levántate de ahí que vas a destrozar el sillón, todo el día ahí plantao como si fueras un geranio. Anda, llégate a la despensa a ver si hay algo con lo que podamos preparar la cena… –ordenó Doña Rosa.
D. Sebastián se incorporaba parsimonioso mientras su mujer clamaba al cielo por semejante marido. En ese momento Doña Lucía comenzaba a despedirse;
– Pues nada, Dios los bendiga a todos por tan grata compañía…- comentaba mientras se incorporaba la pobre con más crujidos que la radio-…mañana volveré si no tiene usted inconveniente, Doña Rosa…
– Pero donde va usted, alma de cántaro – le espetó la dueña- haga el favor de sentarse y quédese a cenar, que donde comen dos comen tres, faltaría más… ¡y si alguno se ha de quedar sin cenar que se vaya a dormir! –gritaba al pasillo por donde había salido Don Sebastián…-
– ¡Ay! Doña Rosa… -murmuraba la señora Lucía mientras volvía a sentarse- la tengo en todas mis oraciones… esta mujer es un ángel…