Lástima

El local estaba abarrotado como todas las noches a ésa hora. Una densa nube de humo ascendía pausada hacía el techo sembrado de arañas de cristal. Dejé mi abrigo y unas monedas al guardarropa.

En la barra, una rubia platino servía copas a los clientes, y otras dos chicas como copias de la primera atendían las mesas ante el escenario. Mantelito color frambuesa y lámpara con tulipa a juego, muy acogedor. Me senté no muy lejos de la salida. Una de las chicas, se acercó inmediatamente a tomar mi pedido. La verdad es que el uniforme quitaba el hipo, pero no era el momento, aunque sí el lugar, quizás otra noche.

-Qué va a tomar, señor.

-Whisky con agua por favor,

-Enseguida

-Lástima –pensé-.

Me dediqué a observar a mí alrededor, en busca de mi “encargo”. Mario Frizzo, el gran magnate de todo lo que olía a  sucio en la ciudad, estaba sentado al fondo junto al escenario. Rodeado de sus gorilas y de sus chicas, bebía entre risas.

Mientras Billie Holiday entonaba de fondo su Luna Azul, llegó mi whisky. Terminé el trago, y me levanté. Dejé unos billetes sobre la mesa. Ajusté mi chaqueta y palpé debajo, todo en orden. Confundido entre el ir y venir de los clientes, y al abrigo de aquellos grandes cortinajes de color cereza me dirigí hacia las mesas del fondo, con paso rápido.

Dejó de sonar Blue Moon, y desde el escenario se anunciaba el comienzo de la próxima actuación.

-Lástima, quizás otra noche -pensé-.

Dos de los matones me observaban mientras me acercaba.  Rodeé un par de mesas y saludé abriendo rápidamente la chaqueta…

-Buenas noches Mario…

Caras de sorpresa y miradas de espanto descubrían en sus últimos segundos de vida que la famosa guadaña era en realidad el cañón de una Thompson. El tableteo del arma, hacía temblar hasta los botones de mi chaqueta mientras rociaba sobre aquella mesa toda la furia de que era capaz. Botellas, vasos, cuerpos,… todo saltaba por los aires, y una espesa lluvia de sangre y licores comenzaba a resbalar entre mis dedos.

Dejé de disparar. Detrás de mí, el local se había sumido en un caos enloquecedor, y ante mí,  Mario estaba tumbado con la espalda recta sobre el otro lado del sofá. Los brazos extendidos, la mirada perdida en el cristal de las lámparas, la boca abierta y su precioso chaleco de seda, lleno de agujeros. En el suelo varios de sus hombres teñían de oscuro la moqueta y sobre el ensangrentado cuero del sofá, una mueca mortal ensombrecía ahora una preciosa sonrisa.

-Lástima -pensé-

Giré sobre mis pasos y salí por el pasillo. La gente se apartaba a mi paso enloquecida. Ni rastro del hombre del guardarropa, recogí el abrigo. Fuera estaba lloviendo, encendí un cigarrillo y caminé hacia el callejón, ocultándome entre las sombras.

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