¿Recuerdas?

Finalmente aquella casita de cuento, me convenció. Llevábamos todo el mes haciendo planes, y buscando alojamientos por internet. Descolgué el auricular y llamé a July.

-Hola cariño. Creo que ya lo tengo, es una pequeña cabaña de madera a un par de kilómetros del pueblo. Os va a encantar. –dije conteniendo a duras penas mi entusiasmo.

-Ya sabes que lo dejo en tus manos. También sabes que te haré responsable de todo lo que salga mal.

-Si –contesté- era algo con lo que ya contaba. No te preocupes creo que es perfecto, no le falta de nada

-Está bien, entonces. Luego lo vemos con los niños. Otra cosa… Espero que nuestra cuenta bancaria siga viva después de esto.

-July, no te preocupes. Te repito que es perfecta, hasta luego.

Marqué el número de los apartamentos y termine de concretar nuestra reserva. No quería reconocerlo, ni siquiera ante mí mismo, pero estaba realmente entusiasmado. El tiempo se me haría eterno hasta que llegasen las vacaciones.

Por fin llego el día, y como siempre, establecí una hora de salida realmente temprana. Me encantaba conducir al amanecer. Andrew, dormitaba todavía en brazos de su madre mientras lo acomodaba en el asiento trasero, y Mark su hermano mayor, comenzaba su sesión de video-juegos.

-¡Mark! – protesté – ¿es que no puedes dejar la consola para más tarde?, acabas de levantarte de la cama…–reprendí a mi hijo mayor.

-Pero papá –replicó– es que si no me aburro…

Preferí zanjar la discusión con un gesto de reprobación que no sirvió de nada, pero de ninguna manera iba a dejar que arruinaran mi momento.

-¿Listos? –pregunté mirando a July, que se preparaba para continuar durmiendo, al tiempo que alzaba el pulgar de su mano izquierda en señal de todo en orden.

-Allá vamos.

Conduje, tranquilo mientras escuchaba la radio. El tiempo no parecía que fuese a empeorar y no se preveían nevadas en los próximos días. En las últimas semanas las precipitaciones habían sido más que frecuentes, aunque las comunicaciones por carretera no habían resultado demasiado afectadas.

Poco a poco, el paisaje cambió del gris al blanco y apareció ante nosotros un maravilloso espectáculo de árboles, montañas y nieve recién caída. El viaje transcurría sin novedad, July dormía plácidamente a mi lado y los niños detrás. Incluso Mark había dejado finalmente de matar alienígenas. Alcancé la autopista, y en poco menos de media hora, tomábamos la salida 345, hacia la parte norte del East Lake. Me detuve en el área de servicio, para estirar un poco las piernas y comprar la prensa.

-¿July?, ¿estas despierta?

-¿ya hemos llegado?-preguntó-

-Estamos cerca. Solo he parado un momento, para ir al servicio y comprar alguna cosa. En seguida vuelvo.

El lugar estaba tranquilo, incluso extrañamente tranquilo. No había ni rastro de otros vehículos repostando, y me dirigí hacia el shelf-shop. Un cliente miraba unas revistas distraído. El encargado, que atendía el teléfono, me miró. Sostenía el auricular entre el hombro y la oreja y me observaba mientras hablaba con semblante preocupado. Finalmente, colgó.

-Hola,-saludé- perdone, ¿el servicio?

-Eh… sí, sí, por ahí, al fondo –dijo casi evitándome.

El lugar se encontraba extrañamente limpio para lo que suele ser habitual. Me lavé las manos,  y me entretenía ante el espejo, cuando oí algunas voces y pasos apresurados que provenían del establecimiento.  Toallas de papel – ¿Por qué en estos sitios nunca hay toallas?-. Volví secándome en los pantalones y escuché hablar al encargado.

-Por aquí… vengan, ¡rápido!…

Justo en ése momento abrí la puerta y me encontré con varios agentes de policía apuntándome directamente con sus armas.

-Al suelo, Carl, ¡échese al suelo! – gritaban

-Vamos no lo haga más difícil, ¡obedezca Carl!

Durante unos instantes, me quedé paralizado. El asombro era tal que no podía articular ni una sola palabra. Sólo pensaba en mi familia, en July y los niños que esperaban fuera, ajenos a todo. Di un paso atrás y por un momento consideré la absurda idea de correr por el pasillo a mi espalda.

-Al suelo, Carl, ¡vamos! –insistían sin dejar de apuntarme.

Miré hacia la ventana, buscando el coche. Creo que balbuceé algo que nadie escuchó. Resignado, obedecí y lentamente levanté las manos hasta situarlas detrás de la cabeza. Me arrodillé en el suelo muy despacio, sin dejar de mirar afuera.

-Muy bien Carl, eso es, buen chico. – dijo uno de los agentes.

-Mi familia… July, los niños… -dije aterrorizado mirando hacia la calle-… esto tiene que ser un error. Nos vamos de vacaciones…

-Sí, sí tranquilo, seguro que estarán bien, no te preocupes, Carl.

Me esposaron, y me condujeron hacia la parte trasera. ¡Conocen mi nombre! –Pensé- ¡estos agentes saben cómo me llamo!

-Muchas gracias, por avisar… No se preocupen, nosotros nos ocupamos. Todo en orden… –Escuché como uno de los policías hablaba con el dueño.

Algo en mi cabeza, empezaba a no encajar. ¿Qué diablos estaba pasando, porque me detenían?

-Oigan esperen, mi familia…, un momento, se están equivocando, está claro que se equivocan… He dejado el coche aparcado aquí mismo, tengo que avisarles…– grité, mientras intentaba desesperado que me soltaran-

-Tranquilo, ya nos hemos ocupado de eso Carl. Acompáñenos y le llevaremos a casa… -uno de los agentes se dirigía a mí apoyando la mano en la culata del arma.

-¿A casa? Pero que está diciendo, mi familia está aquí mismo esperándome…-casi grité-

-Vamos, vamos, Carl. Entre en el coche.

Por alguna razón que no acertaba a entender, no opuse ninguna otra resistencia, y dejé que me condujeran hacia donde fuera que íbamos. La sola idea de pensar en July y los niños, pesaba tanto que me dejó sin fuerzas. Dios mío, seguro que ya han empezado a preocuparse, estarán buscándome, y hace frío… -pensé-.

-¿Pero es que no comprenden lo que están haciendo? -insistí ahora entre sollozos- Mi familia se ha quedado allí. Están solos. Me estarán buscando. Nos íbamos de vacaciones…  

-No se preocupe, en cuanto lleguemos hablará con alguien y todo se solucionará.

-¿Hablaré con alguien? ¿Con quién?…  

Creo que en ese momento, algo se desconectó dentro de mi cerebro, y no recuerdo el tiempo que pasé dentro del coche patrulla. Habíamos llegado al hospital. La verdad que no pude reconocerlo. No se parecía a ninguno de los que había en la ciudad. Aguardaba en una habitación con la cabeza mirando al suelo. Mientras esperaba, me escondía de los gritos de mi mente, huía de mis pensamientos dibujando líneas imaginarias en las baldosas del suelo. Un agente de paisano me vigilaba desde el otro lado de la estancia. La puerta se abrió y entró una mujer. Supuse que sería doctora. Se sentó frente a mí en una mesa de despacho  y dejó unas carpetas. Me miró a los ojos.

-¿Cómo estás Carl?

La miré desconcertado. Su familiaridad me causó  cierto enojo. Parecía ser a mí, al único al que todo esto no le resultaba al menos, fuera de lo común, parecía ser yo el único que no les conocía, pero todos sabían quién era yo. Me dolía la cabeza.

-Espero que alguien me explique ¿qué demonios, hago yo aquí?, y ¿porque me han traído poco menos que secuestrado obligándome a  abandonar a mi familia y…?

-Carl, Carl,…- me interrumpió.- Ya lo hemos hablado más de una vez…

-¿Hablado? ¿Qué hemos hablado? –De un empujón lancé la silla contra la pared y me puse en pie. El agente se acercaba despacio, pero la doctora le indicó con la mano que no se moviera.

-Carl…–Volvió a mirarme y guardó un incómodo silencio- Murieron, Carl… July, Andrew, Mark… El accidente… estuviste en el hospital…mucho tiempo… ¿RECUERDAS?

Anuncios