En la soledad de la muralla norte, la madrugada extendía su manto dejando caer su aliento,  gélido como la muerte. El centinela se acurrucaba en su puesto.

La muerte…“Acecha a cada esquina, en un momento te acorrala, aprieta con sus manos…” 

Por un instante se sintió cansado,  y se sobresaltó al comprobar que le vencía el sueño. Apresurado, se incorporó frotándose el rostro y las manos. Desde su atalaya, oteó las sombras entre los caminos que acercaban el caserío exterior a los muros de la ciudad. Todo estaba tranquilo. 

La muerte… “No espera, no pide permiso, no tiene respeto ni prejuicios.  Llega en silencio, como un ladrón”.

 
Escudriñó entre la sombras mientras una mano firme aferraba inconsciente la espada. Quizás,  la soledad le estaba inquietando en exceso. Con la esperanza de tal vez un buen vaso de vino,  caminó por la muralla hacía el guardia cercano.  A pocos pasos del torreón, volvió la inquietud. No había luz, ni movimiento. 
— ¡Guardia! 
Ni rastro del centinela. Vio su capa colgando en la pared, y se agachó para recoger algo en el suelo.  Una daga corta con el filo manchado de sangre y el cinturón sin la espada.
— ¡Guardia! – gritó de nuevo- 
Miró a su alrededor. Revisó el acceso desde la calle. Nada. Nadie. 
–Extraño, ¿Adónde ha ido, sin capa y sin cinturón?  ¿Y esa sangre?-pensó- 
Aceleró el paso para descender por la escalera de acceso a la torre. 
— ¡Guardia -insistió- A mí la guardia!… 
No obtuvo ninguna respuesta. La noche descargaba bruma,  y al pie de la muralla también se notaba frío. Mucho frío. Un frío de muerte. 
Desde las viviendas cercanas, no llegaba sonido alguno. Ninguna luz.  Llegó a la calle y caminó en dirección a la plaza. Llamó en algunas puertas. Nadie contestó. Una terrible sospecha le aprisionaba el pecho y corrió hasta la siguiente casa. Abrió la puerta que cedió con un chirrido.

— ¡Laura! -gritó, llamando a su esposa 

Nadie contestó. Algunas ropas y varios muebles por el suelo. Pensó en su hijo. Su cama vacía. En el hogar, un rescoldo aún caliente. Volvió a la calle, y avanzó corriendo. Desenfundó. Algunos pasos después, serenó su ímpetu. Cauto y en guardia, continuó escudriñando cada rincón, cada ventana, cada puerta.  Percibió un extraño sonido,  como un zumbido, un leve rumor. 

Cerca ya de la plaza el murmullo se hizo audible y el silencio se llenó con gritos y voces. Alarmado, corrió hasta el final de la calle.  Allí, un enorme resplandor bailaba en los muros cercanos y en el aire flotaba una espesa nube que hacía imposible respirar. Ante sí, un espectáculo dantesco desafiaba la cordura.  El silencio se desgarraba, ahora,  en aterradores gritos. Contemplando aquel horror, cayó de rodillas. Lloró. 

Increíbles lenguas rojizas se elevaban hacia la negrura de la noche, y en medio de aquél fuego,  se amontonaban  los cuerpos,  como viejos troncos que se arrojan a las llamas. 

— Dios mío, pero ¿que…?. Laura, Diego… -balbuceó desde su estupor-. 

Un regusto de amargura colapsó su garganta ante aquella  fila macabra que esperaba su turno para caer en el llameante destino. Entonces el fuego cobraba vida. El fuego gritaba. Brazos, piernas todo pugnaba por liberarse, cuerpos encendidos se incorporaban para huir y a golpes caían de nuevo en la hoguera. 
¿Pero quienes eran sus verdugos? Largas melenas y ojos lobunos, desproporcionados dientes y garras les conferían un aspecto inhumano, casi fantástico…. Bailaban en una especie de éxtasis,  y ofrecían su sacrificio aullando a la luna,  en un macabro ritual.  Entre las lágrimas que resbalaban por su rostro, pudo comprobar que su presencia había sido advertida. Apoyó la espada en el suelo y se incorporó despacio. Se preparaba para luchar.

“La muerte… No me encontrará de rodillas.”

Empuñó la  espada a dos manos y enfrentó aquellas criaturas con la furia que desata la desesperación, la pena, la amargura… Se lanzó adelante, escuchando como desde lo más profundo de su pecho nacía un horripilante grito. Su espada se elevó hacia lo alto para alcanzar al primero y rasgó su garganta de abajo arriba. A su alrededor un rugido sobrenatural le bloqueaba los flancos. Corrió hacia la protección del muro. De pronto, se paró,  giró sobre sí mismo y rodilla en tierra alzó la espada ensartando a su perseguidor. Al mismo tiempo una enorme sombra rebotaba contra la muralla en un giro incomprensible, y se abalanzó sobre él oscureciendo el cielo estrellado.  Tirado en el suelo quiso alcanzar  y levantar la espada, pero algo afilado le sesgó el cuello.

En ése momento,  el sabor de la sangre que se le escapaba a borbotones,  lo inundó todo. Cayó mientras contemplaba el mundo girar a su alrededor. Boqueando como un pez,  observó su cuerpo que se hincaba de rodillas lanzando su sangre al cielo, para caer lentamente, justo a su lado. Cerró los ojos y se dispuso a morir. Su alma ya se elevaba neblinosa,  y fue consciente del frío. Un aliento helador que le congelaba la espalda contra el suelo empedrado de la torre.  Frío sí, un frío de muerte.

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