Amanece en tus pupilas. Te miro con ojos remolones, sonríes y me besas. Desafiando no sé qué ley de la física, tu piel se desliza entre las sábanas. Casi parece que no estabas. De camino al baño,  contemplo embelesado los garabatos de feminidad que vas dejando por la habitación,  y desapareces.

Somnoliento me levanto descalzo,  me pongo la camisa y me acerco a la ventana. Idílico… un paraíso. Todavía se alcanza a ver nieve en las cumbres más lejanas.  Al fondo,  el bosque de abetos,  justo delante, el río que ahora se despereza plateado. Desde la orilla,  un camino que serpentea entre las primeras flores de la primavera. A unos metros de la casa el camino se detiene en nuestra cerca,  y da paso al jardín. Allí, unos ojos brillantes y vigilantes me observan con atención…yo diría que sonríen. Es Trufa. Ha olido mi buen humor y ladra, ahora incansable,  apoyando las patas en el alféizar de la ventana.

Hago planes. Voy a bajar hasta el río, y quizás pesque algo para la hora de comer. Pensativo, acaricio a Trufa y mientras,  decido que lo más urgente es el  café y el pan con aceite. Voy hacia el baño y pregunto en voz alta si quieres tostadas. Una de tus fotos me mira sonriente desde la pared. Me gusta. Aunque parece una sonrisa lejana… distante.

Cariño aún no me has contestado. Cariño… mientras voy a la cocina y en otra foto del salón,  sonreímos los dos. La casa sigue en silencio,  y de pronto me paro en seco ¿Qué hacen las fotos aquí?  Cariño… Insisto. Como arrollado por un oscuro pensamiento voy hasta  la ventana,  y al pasar… me miras, ahora a plumilla,  desde una mesa baja junto al sofá. Ese retrato te lo hicieron en Lisboa.

En la ventana… Ya no hay idilio, no hay paraíso, sólo la renegrida finca de enfrente. Las botellas de butano en los balcones, los tendederos… y la misma vieja del quinto que me mira. Siempre con esa mirada de bruja, de odio… a la que suma media sonrisa que dice… Cariño ya no está,  y esto no es una puta cabaña en la montaña.

Siento un nudo en la garganta,  y mi día precioso se humedece, mientras me hundo en la desesperación y en el sofá. Por ese orden. De nuevo aquella mirada de Lisboa,  y una sensación de ahogo que me aprisiona el pecho. Pero no… no es la pena.  Trufa se ha subido al sofá y  me lame la cara.

Menos mal que tú, si estás aquí…

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