Como cada noche Mauro, prepara sus cartones en los porches junto a la Plaza de San Marcos. Le gusta estar cerca de la Catedral. Como acostumbra a decir, es el sitio más cercano al cielo de toda la ciudad. Pone en orden su “casa” y se refugia del frío y la humedad. Con paciencia coloca su improvisada cama. Se asegura y revisa alrededor para ver que todo está en orden, para ver que nada perturbará su descanso. Por la mañana recogerá todo en su carrito y ayudará con las mesas de la cafetería. Revuelve apresurado entre sus bolsas y saca un cartón de vino. Bebe. Es lo único que lo mantiene vivo, cada día, cada noche.

Sin embargo esta noche no es como las demás. Mauro no lo sabe. Pero esta noche el peligro acecha. Al otro lado de la plaza algo, observa desde las alturas, con la paciencia del cazador, con la experiencia del depredador que aguarda su momento.

Despacio recoge sus escasas pertenencias y las coloca de modo que le sirvan de almohada. Despliega la manta que consiguió junto a algunas otras cosas en el albergue de la beneficencia y recuesta su cuerpo cansado. Reza, ruega para que su momento llegue cuando así haya de ser, pero que llegue en silencio sin alarmar su conciencia. Que llegue cuando el ya no esté, que al despertar, lo haga en el paraíso, fuera de éste mundo ingrato, que hace tiempo ya le abandonó.

Entre balbuceos recita mecánicamente su oración, su plegaria. Tiene la convicción de que ésta vida no es vida y de que le espera algo mejor. Es lo que siempre escuchó decir al padre Pablo, en los últimos bancos de la Basílica. El pobre Mauro no se imagina con que exactitud esta fría noche sus plegarias son escuchadas.

Movimientos rápidos, veloces, seguros, sobrenaturales. Atienden la rogativa. Escuchan la plegaria que al cielo se eleva surcando la neblina de las aguas. La sed es aplacada, el aire escapa de una garganta desgarrada, un cuerpo yace inerte. Mauro duerme, su conciencia duerme pero su sangre fluye, alimenta. De pronto sus ojos se abren, la mirada en ninguna parte, el alma ascendiendo por la tiniebla, la vida se extingue. Sucumbe a la violencia de lo innatural que cumple con sus anhelos. Mauro viaja a una vida mejor, tal como escucha diariamente en el último banco de la Iglesia Catedral.