Caminaba por la acera  con aire resuelto y un taconeo que resonaba en toda la avenida. A su paso, las miradas disimulaban su fastidio y las respiraciones se aceleraban ante la repentina escasez de aire. Aquel vestido se abrazaba a su cuerpo con avaricia, como no queriendo soltarse jamás, de semejantes curvas. Eran tales las apreturas, era tal la lujuria textil, que la obligaba a caminar con pasos cortos y contoneantes. Lo cual no ayudaba en nada a sofocar los calores de los que se cruzaban con aquella sensación de rizos color ceniza.

Desde el otro lado de la calle, la observaba con discreción,  el cuello del abrigo subido y el sombrero bajo. De pronto se paró y rebuscó algo en el bolso. Por un instante pareció que se fijaba en mí. Eché mano de mi arsenal de disimulos y recogí un periódico del dispensador. Consideré suficiente el tiempo transcurrido y levanté la mirada de nuevo en busca de aquéllos rizos y su taconeo.

Alarmado comprobé, que rápidamente cruzaba la calle hacia donde me encontraba.  Entonces disimulé un repentino interés por la comida para mascotas en el escaparate a mi espalda.  Instantes después, una nube de perfume me envolvió. La rubia, apresuraba el paso a mi lado en dirección al motel de la esquina. Se paró en la puerta, consultó algo en un papel, miró a su alrededor, y entró.

Me acercaba sin prisa hacia la puerta del hotelito, y justo en la entrada me coloqué el periódico bajo el brazo para encender un pitillo, al tiempo que observaba disimuladamente el pequeño hall. El edificio se veía bastante destartalado y la entrada no auguraba ningún lujo en su interior. Al fondo, pude distinguir a la rubia hablando con el encargado de la recepción. Decidí apartarme de la escena para no levantar sospechas, y esperé apoyado en la pared, al abrigo de la lectura.

Siete minutos. Miré el reloj y entré buscando en mi bolsillo la empuñadura del revólver. Al fondo había una especie de oficina entre cuatro paredes con cristales. Dentro el encargado ronroneaba como un gatito tras los titulares de un viejo periódico. El hombrecillo vestía una americana que había tenido su mejor época hacía ya algunos años. Por encima de las gafas levantó la mirada y me observaba taciturno. Sin duda, se daba cuenta de que la tela de mi gabán se abultaba sospechosamente a la altura del bolsillo derecho, apuntando hacia él. 

–¿La rubia que acaba de subir? – pregunté directamente

Me miró de arriba a abajo. Segunda mirada al teléfono de su mesa. Siguiente mirada a mi amenazante bolsillo. Eligió bien, y me contestó sin más dudas.

–Apartamento, 17, primer piso.

Mientras me dirigía hacia la escalera que giraba a la izquierda en un oscuro vestíbulo, pude observar que el individuo no me quitaba ojo. Como esperando para actuar. Como pensando en descolgar el auricular del teléfono. Apresuré el paso.

Apartamento, 17. Me apoyé junto a la puerta, para dejar pasar un carro del servicio que empujaba una mujer de color. En el momento que llegó a mi altura, tuve que estrujar mi cuerpo contra la pared para conseguir que pasaran semejantes caderas. Aún así, tuvimos un recio contacto, no consentido. Me miró, taciturna y saludó por lo bajo, esbozando una pequeña mueca. Al final del pasillo, giró a la izquierda y se perdió tras una puerta, no sin antes protestar y mascullar, por las estrecheces de aquellas escaleras.

Volví a concentrarme en el trabajo. En el apartamento no se oía ningún ruido, aunque en la lejanía, si que me pareció reconocer el ulular de las sirenas de policía. Lo más probable era que el apestoso de la recepción, hubiese avisado a la poli. Bueno contaba con eso, pero no podía perder ni un minuto.

Llamé a la puerta con toques cortos y discretos. Por descontado que el uso de la fuerza contra la puerta no era una opción. Había que ser discreto. Las sirenas ya no estaban en la lejanía, más bien en la cercanía. Comenzaba a impacientarme. Había que resolver el asunto con celeridad.

—  Servicio de habitaciones. Disculpe traigo un juego de toallas y un albornoz para el cuarto de baño…

Silencio.

— ¿Disculpe señor? insistí, tocando en la puerta, esta vez con toques más apresurados.

Esta actitud suele poner de los nervios,  y normalmente me abren con cierto cabreo.

— ¿Oiga? ¡servicio de habitaciones!…

Silencio.

Silencio exagerado, un silencio mortal, un silencio como no escuché nunca. Plan B. Observé la cerradura. Sencilla, simple. No habían cerrado con llave desde el interior. Solo el resbalón del pestillo mantenía cerrada la puerta. Volví a escuchar. La poli ya debía estar entrando en la calle. El sonido de las sirenas y los frenazos atronaban desde la ventana. 

Saqué una vieja tarjeta de crédito y la introduje hasta alcanzar el espacio del pestillo entre la puerta y el marco. Fácil. La puerta se abrió con un chasquido. Silenciosamente entré en el apartamento. Un pasillo triste, decorado con manchas de humedad por doquier y un cuadro con un paisaje de montaña, que invitaba a desaparecer en aquellos bosques. Al fondo, el salón prácticamente a oscuras. Sólo el reflejo de un televisor en el que ya no había ningún programa,  lanzaba pequeños haces de luz hacia el pasillo.

Me acerqué cauteloso y con la 38 dispuesta apuntando ante mi. Escuché como un siseo entrecortado y ruido de movimiento, digamos cariñoso. Sin duda la rubia y el amante se lo pasaban bien. Sin duda el marido sospechante que acudió a mi oficina estaba en lo cierto. Y sin duda me encontraba en la mejor situación para enviar al otro barrio a ambos, siguiendo el encargo del marido despechado, cabreado y fuera de sí que golpeaba con el puño mi escritorio.

— ¡Si los encuentra juntos! ¡No tenga piedad… por eso vine hasta aquí. Ahí tiene la puta pasta, las fotos y la información que necesita ! ¡ No quiero tener que volver a saber de Ud! 

Y se marchó. Así funcionaba esto. 

Continuaba avanzando con pasos cortos y cautelosos con la mirada en el final del pasillo. Ahora escuchaba hablar a alguien. Parecía una súplica. Quizás lo que antes me pareció sexo no fuera tal. Me detuve, ahora quizás un poco alarmado. Volví a escuchar. Estaba casi en el umbral de la puerta. Lo volví a escuchar, ahora claramente. Alguien en la habitación pedía ayuda entre susurros.

Por la ventana llegaban ya las voces de los agentes que se desplegaban por el edificio. Tenía que tomar una decisión. De pronto me dí cuenta. En el suelo junto a la ropa de cama que ya aparecía colgando desordenada, había una pistola. Por fin, aparecí en la estancia apuntando a todos sus rincones y observando sorprendido, sobrecogido por la escena.

continuará…

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