– ¿Elisa?…
– Sí. Hola Enrico.
– Espero que estés más tranquila, y bueno, … quería saber si todavía sigues empeñada en ir allí. Realmente no estoy muy seguro de que coño estoy haciendo… En fin, puedo prepararlo todo para cuando tú me digas. Aunque esto no me gusta Elisa… y no sé en qué puede hacerte bien, …

-La verdad, a veces también me lo pregunto. Yo tampoco se porqué insisto en llegar al fondo del asunto. A veces pienso que no es sólo el cómo o el por qué. Es que aunque desearía olvidar, largarme y no pensar en nada más, por otro lado me siento atraída de algún modo, y no se si tan solo es curiosidad… Es todo tan confuso. Estoy cansada pero quiero ir.
-Está bien, te llamo cuando vayamos a salir .

***

La travesía hasta Sant Ariano transcurría agradablemente. Enrico se mostraba diestro navegando en la patrullera por la maraña de canales. Puso rumbo a Burano. Lentamente nos fuimos alejando del bullicio de las pequeñas islas atestadas de turistas. A nuestra espalda la vieja Venecia,  se despedía lentamente, hasta fundirse con el horizonte, hasta dar la impresión de flotar en las calmadas aguas del Adriático.

***

-Buenos días inspector.
-Buenos días agente. Me acompaña la Srta Aranda, trabaja en el comunale. está documentando el caso.

El agente empujó el portón del cementerio, me pareció, que entre divertido e incrédulo. Con alguna dificultad, caminamos entre los restos del antiguo camposanto. Un nuevo muro  interior se adivinaba entre las ruinas junto a una vieja iglesia. Imaginé que serían los restos de la antigua abadía benedictina, de la que había leído algo en la biblioteca. El lugar era … sobrecogedor. El camino hacia la abadía prácticamente había desaparecido. A un lado y al otro, se extendían enormes montículos de maleza incluso árboles, restos de antiguas tumbas y grandes trozos de losas de mármol y cruces. El día gris no  ayudaba a mitigar la sensación de inquietud, de querer salir de aquel lugar cuanto antes.

Avanzamos con cautela y pronto atravesamos el desvencijado portón del viejo templo. Un pequeño haz de luz blanqueaba el suelo a nuestros pies, pero un poco más allá todo era penumbra, y más al fondo, la luz era más bien escasa a lo largo de lo que todavía se mantenía en pie en la nave central. En el suelo junto al vestíbulo de la puerta, se podían apreciar algunas marcas, justo donde los investigadores habían estado trabajando, y justo de donde habían retirado el cuerpo de la última víctima. Enrico encendió una linterna e iluminó cada rincón de la pequeña estancia. Todo se reducía a las cuatro paredes que nos rodeaban y otro portón oval más grande, al fondo que se encontraba medio colgando de sus bisagras. Con cuidado retiramos una de las hojas de vieja madera podrida y a la luz de la linterna pudimos ver el acceso al pasillo principal. Caminamos hacia el fondo donde todavía se conservaban en pie algunas partes del altar. Varios espacios tenían montones de piedra y restos del tejado. Enrico rastreaba con la linterna. A poca distancia de donde nos encontrábamos, junto a un montón de maderas viejas, algo le llamó la atención. Una de las losas grandes del suelo se apreciaba removida.

Enrico me miraba indeciso.

– Sujeta esto – dijo al fin, mientras me ofrecía la linterna

No sin esfuerzo terminó de retirar la losa hasta que quedó un hueco grande, suficiente como para poder acceder a la escalera que ya se apreciaba en la oscuridad.

-Enrico… ¿no pensarás bajar?

Sin prestarme atención, se acercó e iluminó el interior. Peldaños toscamente tallados en la roca se habrían a nuestros pies. La luz de la linterna recorría los relieves de las paredes y apuntaba al final, aunque sólo alcanzábamos a ver más escalones.

-A la vista de la tierra y las marcas alrededor. Parece que no hace mucho que la han sacado de su sitio. Lo extraño es que no veo huellas, de pisadas ni nada que se le parezca. Y… ¿como hemos pasado esto por alto?…
-Si, todo es muy inquietante, Enrico. Creo que he satisfecho mi curiosidad por hoy, tal vez deberíamos volver en un día con más luz. O quizás ha llegado el momento de darme por vencida… Tengo miedo de lo que siento. Tengo miedo de lo que sea que me haya traído hasta este lugar.
-Creo que deberíamos echar un vistazo ya que hemos llegado hasta aquí. Acabemos con esto. -Dijo mientras abría el botón de su pistolera- Simple precaución. – me miró, juraría que con cara de responsabilidad, de… de miedo.
La luz de la linterna iluminaba cada paso sobre los peldaños mientras descendíamos lentamente. Una nube pestilente nos rodeaba conforme avanzábamos. Era como un gas, como una textura que flotaba en el ambiente y se mantenía físicamente imposible. Una neblina que además había bajado la temperatura hasta hacerme sentir frío. Enrico volvió la mirada.
-¿Notas eso ? – dijo
-Huele fatal y estoy helada.. Enrico, vámonos.

***

Habíamos llegado al final de la escalera. Enrico enfocaba la linterna y a nuestro alrededor se mostraba una amplia sala en cuyo centro había un extraño altar, o más bien una mesa de ceremonias,… de ofrendas – pensé preocupada. En los muros laterales se apreciaban varias sepulturas, supuse que en la cripta enterrarían a los abades y monjes del antiguo monasterio.
Continuábamos parados, diría que paralizados justo al final de la escalera, observando aquel siniestro lugar.

-¿Donde estamos? ¿Alguna antigua cripta o algo así?- pregunté-

-No tengo ni idea…

No había terminado de hablar cuando, Enrico dio un repentino paso atrás, y su cuerpo se estremeció junto al mío, mientras enfocaba en dirección al centro de la sala. Justo a la altura del altar, podíamos distinguir perfectamente una figura humana que parecía de espaldas.

-¡Eh! ¿Que hace aquí?, ¡Identifíquese!

Había sonado tembloroso y un poco ridículo. Enrico tenía miedo. No dejaba de apuntar a lo que fuera que fuese aquello que teníamos delante. De pronto comencé a sentirme terriblemente débil, un horroroso zumbido me estallaba en la cabeza, pensé que iba a desmayarme y me apoyé en Enrico que me rodeó con la otra mano para evitar que cayese al suelo.
La sombra que teníamos delante se cubría con una capa, y permanecía inmóvil. De pronto se hizo  enorme, y abarcaba prácticamente todo ante nosotros. Parecía como que realmente hubiese abierto unas… alas, y avanzaba lentamente en nuestra dirección. Hipnotizados, no apartábamos la mirada de aquellos dos puntos luminosos que habían surgido al fondo de la capucha, y que ahora se movían rápido.
Todo sucedió en un instante. Enrico, percibiendo la amenaza, y segundos antes de que yo perdiera definitivamente el sentido, disparó. Caí despacio sobre los escalones. Dentro de mi cabeza, oía una especie de eco, un estruendo que se iba alejando despacio, rebotando en las paredes de mi cerebro, alejándose de mi consciencia.

Anuncios